Las agallas del Roble

Una mirada natural sobre los cambios que no elegimos

Si alguna vez caminas cerca de un roble y ves unas bolitas redondas en las hojas o en las ramas —a veces verdes, a veces marrones— es muy probable que estés mirando agallas. Mucha gente las confunde con frutos o piensa que son una enfermedad del árbol, pero no son ninguna de las dos cosas.

Las agallas son respuestas de crecimiento del roble ante un estímulo externo. En la mayoría de los casos, ese estímulo es una avispa diminuta que deposita sus huevos en el tejido del árbol. A partir de ahí ocurre algo interesante: el roble no rechaza el estímulo ni “se infecta” en el sentido habitual. Lo que hace es reorganizar su crecimiento alrededor de ese punto.

El resultado es una estructura nueva. Cerrada. Firme. Con capas internas.
Eso es la agalla.

No estaba “planeada” por el árbol, pero tampoco es un fallo. Es una forma que surge cuando el crecimiento normal se ve interrumpido y el organismo responde creando orden.

Por eso las agallas suelen tener formas tan definidas. No son caóticas. El roble sigue haciendo lo que sabe hacer: crecer, proteger, sostener. Solo que lo hace alrededor de algo inesperado.

Si sabes esto, empiezas a verlas por todas partes. En hojas caídas, en ramas bajas, en árboles que has pasado mil veces sin notar nada raro. Una vez que aprendes a reconocerlas, es difícil no fijarse.

Ahora bien, más allá de lo botánico, hay algo en las agallas que conecta fácilmente con la experiencia humana.

Todos atravesamos situaciones que no elegimos. Algo aparece en el camino, interrumpe el curso normal de las cosas y nos obliga a adaptarnos. No siempre podemos eliminar lo que ocurrió. Tampoco siempre podemos seguir como si nada.

Lo que sí solemos hacer —a veces sin darnos cuenta— es reorganizar nuestra vida alrededor de eso. Crear capas. Fortalecer zonas. Cambiar la forma sin dejar de ser quienes somos.

Visto así, las agallas no son solo una curiosidad del roble. Son un recordatorio sencillo de cómo funciona la vida cuando no se rompe, sino que se ajusta.

No todo crecimiento es limpio.
No toda forma nueva nace de una decisión.
A veces crecemos porque algo nos empujó a hacerlo de otra manera.

Y eso, igual que en el roble, no tiene por qué ser un error.

La próxima vez que veas una agalla, quizá no la mires como algo extraño. Tal vez la reconozcas como lo que es: una respuesta inteligente de la vida ante lo inesperado.

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